La devoción por San Antonio de Padua era muy extendida en la ciudad de Madrid durante el primer tercio del siglo XVII. A sus seguidores se les denominaba con el mote: “guinderos”. La razón de este apelativo era que sus devotos portaban un escapulario en el cuello con la representación de una guinda y llegado el 13 de junio ofrecían las denominadas cerezas del santo. La congregación de los guinderos nace de una leyenda madrileña:

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Ascendiendo lentamente por la Cuesta de la Vega, venía un hortelano que, a lomos de su borrico,cargado de guindas, pretendía llegar a la Villa para vender el género que portaba en dos enormes serones. El labrador oyó el trote de un caballo que se le acercaba por detrás y sin darle tiempo a reaccionar le pasó rozándole. El burro se asustó, coceó y el labrador se vio en el suelo. Se fue hacia el borrico inténtando sujetarle, pero el resultado fue que el animal se asustó más, coceó más y la carga vino al suelo esparciendo sobre el camino toda las guindas que se iban pisoteando. El hobre apartó los ojos del burro y se fijó en la alfobra roja que se extendía por el camino y, desesperado, cayó al suelo llorando, al levantar la vista, encontró a un fraile joven que se acercaba mirándole. Cuado llegó hasta él, le preguntó si necesitaba ayuda, proponiédole que recogieran las guindas aprovechables, pues nada perderían con ello. Se pusieron los dos a trabajar cada uno con un serón, mientras el burro se iba tranquilizando.

Cuando termiaron, el labrador no podía creerlo, los serones llenos sobre el animal y las guindas como si no hubiese ocurrido el incidente. Agradecido se volvió al fraile y le ofreció unos puñados de fruta. Éste le pididió que se las llevara más tarde a la iglesia de San Nicolás pues allí se encontraría. Unas horas después, con las ganancias de la venta en el bolsillo y un serón casi repleto de guindas, acudió a cumplir lo prometido. La iglesia estaba vacía y se arrodilló para rezar esperando ver al que le había ayudado. Lo encontró, pero no de pie, sino pintado en lo alto del altar con la misma sonrisa jovial que tenía  unas horas antes.

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Dejó las guindas a sus pies y corrió a proclamar el milagro. Desde entonces esa imágen de San Antonio es conocida con el sobrenombre de “El Guindero” y aún se puede venerar en la iglesia de Santa Cruz.

Historia de Madrid de Federico Bravo Morata

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